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“La
salud es la justa medida entre el calor y el frío”
Aristóteles |
Cuando
el japonés George Oshawa la ideó, sólo
tenía un norte trazado: bienestar integral. Escuchando
su intuición, extrajo del mundo botánico
las herramientas necesarias para proveer al organismo
de los nutrientes indispensables que, además
de alimentarlo, logran una sintonía que empieza
en el interior y se refleja en la lozanía física.
Para
esclarecer esta primigenia intención, Irene Balazone,
licenciada en Nutrición y asesora nutricional
del portal Alimentacion-sana.com.ar, explica que la
macrobiótica “tiene como objetivo proporcionar
los medios para liberarse de malos hábitos, vicios
y condicionamientos alimenticios impuestos por una sociedad
altamente consumista”. Siguiendo esta línea,
la naturópata y nutricionista española
Ana Moreno, agrega que este sistema “persigue
armonizarse con las fuerzas del universo, buscando el
balance físico y emocional a través del
equilibrio en la dieta”.
De
esta forma, la calidad de los productos, consumidos
en su justa medida, se convierte en emisaria de buenos
augurios, mitigando la aparición de enfermedades,
estrategia trazada en pro de un proporcionado engranaje
entre lo físico y lo psíquico. En esta
promesa, el reino vegetal juega un papel fundamental
al abastecer platillos menos procesados, más
naturales y, por consiguiente, altamente vigorizantes.
De ahí que su composición lingüística
haga referencia a los vocablos grecos “macro”
que significa “grande” y “bios”
que traduce “vida”, es decir, “vida
grandiosa”, sustenta Moreno.
Los
opuestos se atraen
Hace millones de años, la sociedad china desarrolló
las leyes de la dualidad de los polos adversos pero
complementarios, premisa inherente a la creación
y al orden ecuménico: el yin y el yang. Estas
dos porciones de cargas con diferentes potencias, son
las aliadas determinantes para lograr la equidad global,
tanto del medio habitable como del propio cuerpo.
Valiéndose
de estos antiguos cimientos, el creador del régimen
dio la vuelta a la teoría y la denominó
“Principio Único”, supuesto que plantea,
desde una óptica filosófica, la necesidad
de descubrir la armonía individual para entender
las disposiciones universales que rigen el entorno:
“La manera más sencilla de conseguir este
propósito es a través de una vida organizada,
con una alimentación ordenada”, evidencia
Moreno.
Bajo
estos estatutos, los manjares se fragmentan en dos clases:
alimentos pasivos o yin, y alimentos activos o yang.
Los primeros están compuestos por una capacidad
energética debilitante, fría y dispersante,
lo que indica que su ingesta debe ser moderada. Son
“acuosos, refrescantes, y crecen en climas yang”,
dilucida Moreno, tal es el caso del “azúcar,
miel, bebidas alcohólicas, frutas tropicales
como el plátano, mango, kiwi, papaya, piña,
sandía, ciruela, verduras como las papas, berenjena,
tomate, ajo y remolacha, vitamina C, especias, alimentos
procesados, conservas, colorantes o ingredientes químicos”,
enumera Balazone.
La segunda categoría engloba a aquellas alternativas
cuya energía resulta tonificante, caliente y
contractiva, y por tanto indispensables. De acuerdo
a la naturópata ibérica, su esencia es
“más densa, menos acuosa y prosperan en
atmósferas yin”. En ellos se encuentran
agrupados los cereales como el trigo, maíz, avena,
mijo y centeno; algas marinas, legumbres y hortalizas
cultivadas sin pesticidas; además del consumo
esporádico de pescado, carnes magras y huevos.
El
propósito fundamental de esta esquematización
es nutrir al organismo con porciones niveladas de unos
y otros, para alcanzar una óptima correspondencia
orgánica que se traduciría en bienestar,
por eso “si ingerimos alimentos en desarmonía
con nuestras necesidades, por ejemplo demasiados huevos,
carnes o quesos curados muy salados, el organismo -en
un intento por equilibrar el estado físico y
mental- creará un apetito igual y opuesto de
azúcar, especias, café, alcohol, helados
o frutas tropicales”, relata Moreno. Debe quedar
asentado que tal tipificación “yin-yang”
no responde al contenido nutricional de los productos
sino que está relacionada con su color, textura,
sabor, peso, tamaño, niveles de agua y la estación
en la que son obtenidos.
Otro
de los factores de este régimen es el agua. Según
su desempeño, el vital líquido conforma
gran parte de la constitución corporal, por lo
que un exceso o disminución del mismo puede traer
consecuencias negativas. En este sentido, se recomienda
que las personas sometidas a fuertes actividades lo
beban en mayores cantidades, mientras que los más
inactivos, propensos a aumentar su ingesta, podrían
lograr efectos inversos, debido a que “quedan
friolentos, desalentados, débiles y perezosos.
Estas limitaciones se hacen en casos muy puntuales de
enfermedad. Bajo ningún punto de vista es bueno
descontextualizar estos parámetros porque caeríamos
en graves perjuicios sobre la salud: deshidratación”,
apunta la experta Balazone.
Hay que saber…
Aunque,
como resalta Balazone, licenciada en Nutrición
y asesora nutricional del portal Alimentacion-sana.com.ar,
“según sus seguidores, no hay enfermedad
que no pueda curarse empleando una equilibrada
selección de alimentos ‘naturales”,
en casos puntuales su patrón podrían
convocar indeseadas consecuencias:
A pesar de servir de paliativo para afecciones
como el cáncer, su aplicación, en
un sentido estricto y riguroso, puede traducirse
en anemia, hipocalcemia (carencia de calcio),
hipoproteinemia (disminución de las proteínas
en la sangre), deterioro de las funciones renales
ocasionado por la falta de líquido; malnutrición
y, en cuadros extremos, la muerte.
Debido a estos posibles y fatídicos desenlaces,
se insiste en la necesidad de acercarse a la macrobiótica
bajo estricta vigilancia médica, ser guiados
por especialistas en la materia facultados para
garantizar la optimización de estos recursos
botánicos -aplicados de acuerdo a las exigencias
de cada individuo en particular-, y “aunque
exista un patrón estándar, éste
debe ser adaptado a la persona dependiendo de
su constitución, condición, e incluso
lugar de residencia”
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Los
10 niveles
Iniciarse en la macrobiótica involucra un proceso
de adaptación que facilitará el reordenamiento
del sistema fisiológico para llegar al punto
máximo de estabilización, sin que ello
implique cambios bruscos, inesperados y dañinos
para quien ponga en marcha este croquis saludable.
Partiendo
de este postulado, se diseñaron 10 niveles de
restricción, que no son más que distintas
dietas organizadas del -3 al +7, dentro de las cuales
se prohíbe engullir determinados tipos de alimentos
con la intención de restablecer la mesura natural:
“Es importante destacar que esta ponderación
debería alcanzarse en 10 días, ya que
el cuerpo descompone y renueva diariamente una cantidad
de 300 millones de glóbulos por segundo cada
día, una décima parte del total”,
esboza Balazone, un plazo mayor pondría en alerta
al involucrado. Es así como las cinco inaugurales
privaciones, que van desde la -3 a la +2, van eliminando
de forma decreciente los alimentos de origen animal,
siendo clasificadas como “casi” vegetarianas.
Las restantes, desde la +3 hasta la +6, son exclusivamente
naturistas, ya que incitan el consumo de abundantes
granos de trigo hasta alcanzar la +7, compuesta por
cereales triturados.
Salvado
este paso, se podría establecer un porcentaje
alimenticio dentro del cual los militantes puedan saciar
sus apetencias. Los cereales integrales deben constituir
entre 50 y 60% de lo devorado diariamente; los vegetales
y frutas conformarían de 20 a 25%; las legumbres,
proteínas vegetales como el tempeh, tofu, natto
y seitán, además de pescados -y ocasionalmente
carne magra, pescado azul y huevos-, ocuparían
de 5 a 10%; mientras que las sopas y algas deben representar
5%. |